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Céline y su “Viaje Al Fin De La Noche” (II Parte)
Vuelvo a la carga con Céline. Novela fundacional de un género que todavía sigue vivo y coleando, el de la sincera pedorreta existencialista. Precursora de Sartre, y de lo que esto conlleva, a muchos niveles.
LAS COLONIAS
Puente entre Conrad y Naipaul, casi nada.
La segunda parte de la novela, el mundo de las colonias europeas en África, inhóspito, vil y traicionero, tema fundamental sobre el que escribió el polaco, y escribe, el de Trinidad (que nació el mismísimo año en el que se publicó “Viaje Al Fin De La Noche”, 1932).

“La introducción del hielo en las colonias, está demostrado, había sido la señal de la desvirilización del colonizador. En adelante, soldado a su helado aperitivo por la costumbre, iba a renunciar, el colonizador, a dominar el clima mediante su estoicismo exclusivamente. Los Faidherbe, los Stanley, los Marchand, observémoslo de pasada, no se quejaron nunca de la cerveza, el vino y el agua tibia y cenagosa que bebieron durante años. No hay otra explicación. Así se pierden las colonias”.
“El negrito, mi guía, volvía sobre sus pasos para ofrecerme sus servicios íntimos y, como yo no estaba animado aquella noche, se ofreció, al instante, desilusionado, a presentarme a su hermana. Me habría gustado saber cómo podría habría podido encontrarla, a su hermana, en semejante noche”.
“La estaca acaba cansando a quien la maneja, mientras que la esperanza de llegar a ser poderoso y rico con que están atiborrados los blancos no cuesta nada, absolutamente nada. ¡Que no vengan a alabarnos el mérito de Egipto y de los tiranos tártaros! Esos aficionados antiguos no eran sino unos maletas petulantes en el supremo arte de hacer rendir al animal vertical su mayor esfuerzo en el currelo. No sabían, aquellos primitivos, llamar «Señor» al esclavo, ni hacerle votar de vez en cuando, ni pagarle el jornal, ni, sobre todo, llevarlo a la guerra, para liberarlo de sus pasiones. Un cristiano de veinte siglos, algo sabía yo al respecto, no puede contenerse cuando por delante de él acierta a pasar un regimiento. Le inspira demasiadas ideas”.
“«Y, además, la aldea, -añadió-. No hay ni cien negros en ella, pero arman un tiberio, los maricones, ¡como si fueran dos mil!… ¡Ya verá usted también lo que son ésos! ¡Ah! Si ha venido usted por el tam-tam, ¡no se ha equivocado de colonia!… Porque aquí lo tocan porque hay luna y después porque no la hay… Y luego porque esperan la luna… En fin, ¡siempre por algo! ¡Parece como si se entendieran con los bichos para fastidiarte, esos cabrones! Como para volverse locos, ¡se lo aseguro! Yo me los cargaba a todos de una vez, ¡si no estuviera tan cansado!… Pero prefiero ponerme algodón en los oídos… Antes, cuando aún me quedaba vaselina en el botiquín, me la ponía, en el algodón, ahora pongo grasa de plátano en su lugar. También va bien, la grasa de plátano… Así, ¡ya se pueden correr de gusto con todos los truenos del cielo, esos maricones, si eso los excita! ¡A mí me la trae floja, con mi algodón engrasado! ¡No oigo nada! Los negros, se dará usted cuenta en seguida, ¡están hechos una mierda!… Pasan el día en cuclillas, parecen incapaces de levantarse para ir a mear siquiera contra un árbol y después, en cuanto se hace de noche, ¡menudo! ¡Se vuelven viciosos! ¡Puro nervio! ¡Histéricos! ¡Pedazos de noche atacados de histeria! Ya ve usted cómo son los negros, ¡se lo digo yo! En fin, una panda de asquerosos… ¡Degenerados, vamos!…»”.

Todas estas barbaridades que suelta el personaje de Céline son producto de su época. Evidentemente. Él mismo llegó un junio de 1916 a Douala / Fort-Gono, en lo que hoy sería Camerún. No sé qué haría por allí (no es que haya mucha información en la red), pero nos dejó bien descrito el magma cultural de cualquier europeo habitante de las colonias; una mezcla de prejuicios racistas, superioridad prepontentísima, y actitud de funcionario harto de la vida. Qué duda cabe que Naipaul describe las colonias, y lo que ocurre en ellas, como si fuera un espléndido doctor dotado de un perfecto bisturí. Céline se ciñó a ser sincero, aunque algo patoso estéticamente; al menos, para los tiempos que corren.
Iremos a América más tarde.